Falta o equivocación cometida por descuido. Eso es un lapsus y lo cometí, como otros tantos que habré cometido en mi vida, en mi columna de la semana pasada. Lo siento, pero los periodistas, como los otros humanos, somos demasiado falibles.
Me referí al rey de España como Felipe III -siendo que ya vamos en Felipe VI- y fue un buen vecino de muchos años, el doctor Gonzalo Gómez, quien ejerció durante décadas como pediatra y, sobre todo, tiene gran cultura, quien con sutileza me hizo ver que me había saltado a varios Felipes. Se lo agradezco muchísimo.
Tengo la convicción de que los periodistas -al menos los que he conocido- tratamos de ejercer nuestra profesión lo mejor posible pero, como estamos siempre en exposición, los errores siempre se advierten. Eso es bueno; exige más cuidado y prolijidad. En lo posible requiere que un texto sea leído por cuatro ojos, lo que no siempre es factible. Al menos, en mi caso.
Con respecto al ejercicio periodístico, que no es fácil, este suele ser criticado e incluso denigrado. Sin embargo, ¿qué sería del mundo sin los periodistas? Muchos lo preferirían quizás, pero por poner un solo ejemplo, ¿cuánto polvo se acumularía bajo las alfombras de los otros países y de la propia Patria?
Reconozco que como en todas las profesiones hay desde la A hasta la Z, pero me horroriza pensar cómo se acallarían demasiadas atrocidades de cada día y también, por supuesto, muchas cosas buenas también de cada día.
¿Cometemos errores? Por supuesto. Y muchos. Como los han cometido quienes estuvieron detrás del reciente apagón o, sin ir más lejos, quienes están a cargo la educación en Chile. Y, ¿qué podemos decir en cuanto a seguridad? (Son solo ejemplos).
Se han visto casos periodísticos emblemáticos (no sé si se los pueda llamar errores). Incluso hay una anécdota que como periodista hasta me emociona y que tuvo lugar tras el tan letal terremoto de Chillán del 24 de enero de 1939.
No sé cuánta verdad haya, pues nunca he tenido la prueba en mis manos, pero aquí va: tras ese terremoto, que dejó muertos y heridos, el único que quedó en condiciones de editar el diario local fue el linotipista (encargado de la composición del texto), que si bien sabía manejar esas grandes y añosas maquinarias ignoraba otros oficios. Como pudo tituló en primera plana y a grandes caracteres: Manso terremoto. Y, lo importante, la edición de ese día, dicen, pudo aparecer con la noticia del momento. Eso sí que podría considerarse periodismo puro, duro, actual, objetivo, informativo.
Manso según la Academia de la Lengua es, en una de sus acepciones, benigno, apacible, pero el supuesto linotipista sin duda lo usó en el sentido de ese criollismo chileno que ni siquiera está aceptado por los eruditos y con el que calificamos algo inmenso, tremendísimo.
Pero no perdamos el hilo. Felipe III, quien gobernó España y Portugal como Felipe II, murió en 1621. Vamos ahora en Felipe VI, el mismo al que Boric desairó al culparlo de haber llegado tarde a su asunción al mando, en marzo de 2022, hace exactamente tres años. A un rey que si en algo es ducho es en protocolo. Su hija y heredera a la corona, la princesa Leonor, está por recalar en los próximos días en las costas de Chile. Hace un viaje de instrucción a bordo del buque-escuela Juan Sebastián Elcano.
Y en cuanto a mí, perdón por el lapsus.