Cuentan que le preguntaron a una inteligencia artificial por el candidato republicano Donald Trump; se limitó a contestar que no se inmiscuía en política. Insistieron: ¿y en cuanto a la demócrata Kamala Harris? Entonces la voz se habría explayado en una respuesta sin fin.
Todo medio es útil (no es lo mismo decir que sea válido) en la disputa por la presidencia del país más poderoso del mundo (o que creemos que lo es), con dos candidatos a la Casa Blanca que no dan el ancho… ni tampoco el largo.
No sé si podamos entender, desde nuestra perspectiva sudamericana (intento no recurrir al término sudaka), qué sucede en el país del norte (como lo llamamos, ignorando a Canadá). Desde nuestra visión en vías desarrollo (si es que lo estamos), los admiramos, siempre y cuando no tengamos demasiados complejos; o nos reímos de algunas de sus obviedades, si predomina el buen humor; también, es cierto, a veces prima la incredulidad.
Pero como ahora, a solo días de la próxima elección presidencial, debemos reconocer nuestro escepticismo al ser casi incapaces de clasificarlos y calificarlos, y admitir que si bien son grandes, al parecer no tienen complejos de comportarse como si fueran niños. Siempre que no recurran a atentados, claro está, pues además de los históricos, Donald Trump ya sumaría dos en su contra. Todo esto lleva a que quizás nunca logremos comprenderlos del todo. Lo cierto es que Estados Unidos ha culminado en el dilema de tener que elegir entre dos anti-candidatos.
Por angas o por mangas hoy nos resulta vetado interpretar su devenir político. Me encantaría intuir, por ejemplo, lo que hay en el ser íntimo de una Kamala o, también, de un Donald, sin conseguir siquiera aproximarme.
Para levantar a un candidato no se tratar de fabricar un maniquí y plantarle una victrola (no estoy aludiendo a nadie), y ese es un dilema ante el cual hoy, me parece, se enfrentan los estadounidenses.
Si bien los electores pueden sintonizar todos los discursos y seguir a los rivales en campaña estado tras estado, siempre se mantiene una gran incógnita: llegar a comprender lo que dicen y, en algún caso, llegar a saber quiénes son.
En un arranque lúdico, muy ajeno a la ciencia política, busqué el significado de Kamala y el de Donald. Leo: el nombre Kamala, elegido por su madre, significa loto. De origen indio, también es el nombre de la diosa hindú Lakshmi. Donald, en cambio, viene del escocés domhnall y significa gobernante del mundo. ¿También de nosotros?
Ambos son candidatos no solo singulares, sino demasiado singulares. Pero, ¿hay candidatos que no sean singulares en nuestro tiempo? Estados Unidos nos preocupa más y no solo debido a que su mandatario gobierna un país que en 2022 tenía 333.3 millones de habitantes, sino porque no le puede ser indiferente a nadie, para bien o para mal. Y menos en un mundo no solo interconectado, sino que además cuenta con arsenales nucleares.
Pero un buen consejo podría ser no tratar de entender a los estadounidenses, porque no lo vamos a lograr (si ahora hasta nos cuesta entendernos entre nosotros, los chilenos).
Trump finalmente no será recordado por sus excentricidades, ni por sus escándalos; tampoco por su tarea como Presidente, que lo fue y podría volverlo a ser, sino por el atentado de Pensilvania. Es decir, por la oreja. Luego vendría el otro: el atentado incruento, el de la cancha de Golf, en Florida. Pero ese está muy cuestionado. Quizás más de la cuenta.
Desde ese sábado en que se perpetró el primer cuasi homicidio contra Trump, los medios rivalizaron en recopilar, a falta de mayor información, listas de los magnicidios perpetrados en Estados Unidos ya que, en este ítem, los norteamericanos se iniciaron desde muy temprano.
Aquí no puedo dejar de incluir un recuerdo personal, que lo tengo tan presente como si hubiera sucedido hoy. Retrocedo a ese 22 de noviembre de 1963. Acababa de terminar el colegio, y me preparaba para dar el bachillerato y entrar a la Universidad. Mi madre llegó a la casa hacia las dos de la tarde. Alarmada me contó que frente al diario La Nación, en calle Agustinas, se había desplegado, en letras hacia la calle, una improvisada noticia periodística: John Fitzgerald Kennedy acababa de ser asesinado.