CAÑONAZO Y CARILLÓN, EL REGRESO DE DOS AUSENTES
CAÑONAZO Y CARILLÓN, EL REGRESO DE DOS AUSENTES Lillian Calm rescribe: “Desde mi terraza, sin que se me interponga edificio alguno, puedo contemplar ese inmenso jardín que nos plantó don Benjamín Vicuña Mackenna sobre unos áridos peñascos, es decir, sobre un macizo rocoso que habla de la prehistoria del lugar; y, al fondo, los Andes nevados o no nevados y, en algunos días, más visibles que en otros”. ¿Sintieron el cañonazo de las doce? Esa es la pregunta que nos acostumbrábamos a hacer, en mi casa, durante décadas de mi vida. No era irónica. Simplemente, casual. Era una forma de saber, sin consultar reloj alguno, si ya había pasado el mediodía. La hacíamos casi por inercia. Vivo y he vivido siempre frente al cerro Santa Lucía. Es el lado amigable, el de la pileta, que nada tiene que ver con el de la Alameda (ex de las Delicias), ahora estigmatizado por overoles blancos y otras rarezas (creo que hasta se les denomina incivilidades ). Desde mi terraza, sin que se me interponga edif...